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República luminosa de Andrés Barba, una lectura de Javier Divisa

Llegamos a San Cristóbal el 13 de abril de 1993. El calor húmedo era muy intenso y el cielo estaba completamente despejado. A lo lejos, mientras subíamos en nuestra vieja furgoneta familiar, vi por primera vez la descomunal masa de agua marrón del río Eré y la selva de San Cristóbal, ese monstruo verde e impenetrable. No estaba acostumbrado al clima subtropical y tenía el cuerpo empapado en sudor desde que habíamos tomado la carretera de arena rojiza que salía de la autopista hacia la ciudad.

Un alcalde de esta ciudad dijo que el problema de San Cristóbal es que lo sórdido está a un pequeño paso de lo pintoresco. Es literalmente cierto. Los rasgos de los niños son demasiados fotogénicos a pesar de la mugre –o quizá gracias a ella-, y el clima subtropical sugiere la fantasía de que hay algo inevitable en su condición. O por decirlo de otro modo: un hombre puede luchar contra otro hombre pero no contra una cascada o una tormenta eléctrica.

Andrés Barba atiende en República Luminosa a un tridente de infancia, violencia y supervivencia, y para ello acude a los misterios del paisaje salvaje y fantasmagórico, (primera advertencia de la crónica negra) y el alma, de forma que es una literatura del panorama físico, de la selva, de las calles vacías, peligrosas, del calor psicopático y también del semblante, de la apariencia, de la importancia del rostro y sus revelaciones, de los gestos, del modo de pronunciar una palabra, de la psicología, incluso de la psicopatía del personaje. Del amor y el miedo, del pánico y la reflexión.

En República Luminosa pasan muchas cosas, sucesos en su mayoría demenciales, y el personaje principal analiza (a veces desde un posicionamiento tierno y humanitario, otras con cierta vehemencia casi justificada), disecciona qué siente un hombre en los preliminares y la posteridad de la tragedia, a menudo con un trasfondo de responsabilidad y culpa en la esfera social externa de los treinta y dos niños agresivos, alegres ý traviesos de San Cristóbal.

Uno de esos niños se quedó mirándome. El blanco de sus ojos brillaba con una intensidad fría, y la suciedad de la cara generaba tal contraste con ese brillo que por un momento me dejó sin palabras. El semáforo se puso en verde y yo me di cuenta de que durante todo ese rato había tenido el pie en el acelerador, como si faltara tiempo para alejarme de allí. Antes de hacerlo me volví por última vez hacia él. De pronto, sin transición, el niño me sonrió abiertamente.

El principal dilema que puede suscitar la exhibición de la violencia en una novela es la capacidad del autor para llegar a lo verídico, al realismo que contribuya a nuestra conmoción, y Andrés Barba consigue que la violencia sea pura y contundente energía, incluso se vislumbra una dramatización entendida como urgente y necesaria, creíble y golpeando al lector, empezando desde el mismo escenario, una atmósfera húmeda y calurosa con perros sarnosos, vagabundos y niños indigentes y violentos, una ciudad, San Cristóbal, tropical, latinoamericana, un atraco a un supermercado, Dakota, con una consecuencias verdaderamente dramáticas, una huida, una bacanal de sangre y caos, y los subsiguientes registros de narraciones de los hechos por personas que vivieron los acontecimientos, Teresa Otaño y Jerónimo Valdés, pero no vamos a delatar al lector su participación en los hechos.

La novela de Andrés Barba, entre realidades exteriores y reflexiones interiores, es una narración en primera persona bastante inclemente y severa, incluso a veces de tan truculento viaje se echaría de menos una panorámica más sarcástica, una especie de deformación esperpéntica del drama, de los miserables y el mundo abyecto del hombre, si bien puede apreciarse algo análogo en el tratamiento burocrático, mediático y televisivo de la noticia de la desaparición de los niños, que se hace en la novela,

La elaboración estilística tiene cierta audacia poética y metafórica, (si bien su lectura sigue siendo sencilla, amable y fluida) hasta el punto que en algunos capítulos se distinguen la impresiones captadas y los golpes de efecto al lector, lo real y lo soñado, incluso las comunicaciones paranormales entre niños, acomodados e indigentes; no sólo hay una tensión, una angustia y una crítica velada en relación a los gobernantes municipales, sino que también se puede vislumbrar un fondo ecuménico, universal, la tragedia de millones de niños que viven en la calle, la mendicidad, la prostitución infantil, el trabajo esclavista, las adopciones ilegales, el tráfico de órganos humanos (aunque estas fatalidades permanezcan en el imaginario del lector mientras lee esta historia concreta), y ciertas coordenadas entre la vileza del adulto y la consecuente maldad del niño. Niños que llegan a atracar el supermercado Dakota y provocar el más absoluto de los horrores, niños que son capaces, desde su refugio, de crear la más sublime belleza luminosa en el lugar más nauseabundo y fétido, en su profecía final.

El placer estaba contenido en aquella estructura luminosa como la yema en el interior de un huevo. Habría sido tan imposible imaginar que los niños habían hecho aquello por puro accidente, como tirar unas palabras recortadas al aire y esperar que cayeran formando el contenido de un relato. Y en este salto había también alegría, una resplandeciente y conmovedora alegría infantil.

En su epifanía.

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