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Stanley y las mujeres de Kingsley Amis, una lectura de Javier Divisa

Stanley y las mujeres

Kingsley Amis

Traducción de Edgar Pérez Garay

Prólogo de Kiko Amat

Editorial Impedimenta

 

Hay en Stanley y muchos de los personajes de la novela, posiblemente también en su autor, Kingsley Amis, y por agregación en mucho literatos británicos del siglo XX, una adicción al alcohol proverbial e imprescindible en la narración, por supuesto acreedora a su categoría de filosofía existencial. Siempre hay motivo para tener una copa en la mano, por un lado el elemento socializador y el flirteo, por otro las aflicciones, el estrés, incluso un detalle satírico y burlesco; cuando un personaje se sirve un gin-tonic en un vaso maravilloso labrado, suele haber diálogos increíblemente divertidos en una novela de Kingsley Amis. Igual que en la vida real de nuestros días, si bien detrás de lo ocurrente y cómico podemos encontrar acontecimientos más delirantes y siniestros, y Stanley desde su confusión con el entorno que le rodea (su actual mujer, Susan, Nowell, su ex mujer, el marido de Nowell, y su propio hijo en su carrera hacia la esquizofrenia, si bien nada, absolutamente nada es lo que parece en esta novela) tiene serios problemas sociales, familiares y sentimentales que se suelen mitigar bebiendo, y tiene ese motivo lúdico y alcoholizado algo análogo al hecho de ese drama mortal que viene a ser levantarse cada mañana, siendo ahí donde se entrevera el leit motiv de la locura, las relaciones con las mujeres, la neurosis y el divorcio.

Era una de sus triquiñuelas preferidas, acusarte de ser quien no eras o de haber hecho algo que ni siquiera se te había pasado por la cabeza, de suerte que a la hora de defenderte no tenías ninguna prueba que presentar: ningún registro de fechas ni de lugares que demostraran que habías estado haciendo lo contrario. Solo un aluvión de negaciones infundadas y ninguna coartada. Y la gente si coartadas es a menudo culpable.

Y entonces le sobreviene una crisis en su vida sentimental, como la ruptura con su novia, y se siente indefenso. ¿Qué puede hacer? Levantar las defensas. No tiene dónde ocultarse, así que crea su propio escondite, un lugar al que llamamos locura, enfermedad mental, delirio o alucinación.

Un divorcio del que sale uno lo suficientemente herido para asumir los rencores y todo tipo de animadversiones conectadas con la destrucción de las familias, focalizado el tema por Kingsley Amis (a menudo) con esa frivolidad y veleidad corrosiva que hace que el lector se descojone con angustia, la risa nerviosa del mal, y un libro que tiene la risa nerviosa del mal nunca puede ser aburrido, pero Stanley y las mujeres es mucho más que una pasarela tendida directamente al corazón sufriente de Stanley, es un ventanal abierto a la destrucción de la felicidad, es la paulatina y desesperada destrucción del puzle tan adorable como fatídico que es la vida, la lenta muerte del confort emocional, la enfermedad del hijo, la exaltación de la culpa y la responsabilidad (trance de psiquiatría adulterada, antojadiza y voluble personalizada en la doctora Trish Collings), la fatigosa realidad del entendimiento con la madre del hijo, nuestra consecuente identidad como almas solitarias buscando una copa con Lindsay, los celos y la locura, de Susan, de cualquier manera, la supervivencia anímica del holocausto. Los problemas con las mujeres.

La novela desprecia la retórica y apenas se permite poesía y lirismo, por tanto es una prosa desnuda, directa, nunca salvaje (ni feroz, ni insensible, ni hambrienta), siempre contraproducente y esnob, con toda la inmediatez del lenguaje coloquial de burguesía decimonónica y alcohólica (esos intelectuales que nunca están borrachos pero siempre tienen una copa en la mano) en el declive de la vidas (es decir, como acaban todas las putas vidas, en el escarpe), en ese barrizal donde la urgencia del placer prevaleció durante tanto tiempo sobre las consideraciones éticas y morales. De forma que todos los personajes anhelan una posición confortable en lo emocional y lo social, pero las circunstancias les mantienen en las aristas, como acróbatas de las bebidas espirituosas y las malas decisiones que en su día fueron maravillosas, preguntándose qué demonios han hecho con sus vidas. Kingsley Amis incide durante todo la trayectoria de la novela en la vulnerabilidad de los hombres y las mujeres, y la saturación de inquina que tienen los divorcios, incluso los nuevos matrimonios, las milimétricas lindes entre el amor y el odio, y el viaje de vuelta del odio al amor.

No me explico cómo he podido aguantarte tanto tiempo, con esos modos de patán en la mesa y la afición a la bebida, el cochecito de la narices, tus colegas, que dan miedo, y esos mundos tuyos del sur del río. No tienes clase, no respetas a las mujeres. Están ahí para prepararte el desayuno, para que les eches un polvo y se acabó. Eres, faltaría más, incapaz de tomártelas en serio, y si alguna dice algo importante y cabal y un hombre contradice, siempre le crees a él, aunque no esté en su sano juicio. ¡Dios, por qué no te habré calado antes!


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