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Taxi de Carlos Zanón, una lectura de David Alfaro

Algunos críticos han encuadrado Taxi, la última novela de Carlos Zanón, dentro del género negro que tanto y tan bien ha cultivado el escritor catalán. Sin embargo, el autor renegaba de forma tímida de tales comentarios en Página 2, asegurando que esta obra en concreto era algo mucho más abierto. Es igual quién lleva razón, lo verdaderamente importante es que, la catalogues como la catalogues, Taxi es una historia auténtica, valiente, que se pierde por las entrañas de Barcelona y solo se encuentra cuando, esta vez sí, los personajes se ven acuciados por las urgencias que traen los problemas con las mafias, el dinero y la droga.

Es Sandino, el protagonista de la historia, un tipo que se mueve sin rumbo, buscando lo que seguramente no quiere encontrar, un personaje al cual el autor, en la entrevista que le hizo el periodista Óscar López, tacha de buena persona; por sus actos los conoceréis. Anda Sandino perdido por Barcelona, como todos los taxistas de todas las ciudades del mundo; acaso son los únicos que no necesitan encontrarse.

La primera mitad de la novela sufre y disfruta a partes iguales de una narrativa etérea y brumosa, con ganas de darnos vueltas en los pequeños detalles con el deambular de un protagonista que avanza en círculos para volver al mismo punto de salida, algo que al lector puede llegar a hacérsele pesado por la inconsistencia de ciertos personajes femeninos que rodean a Sandino. Quizá en esa indefinición femenina nos está intuyendo el autor que son todas la misma para él, para el protagonista, un tipo solo que siempre está acompañado de alguna mujer.

Sabe Zanón de miseria y de alma humana repleta de grises, y eso se nota con el pasar de las páginas, pasen estas lentas como en su primera mitad o a ritmo frenético como en la segunda. Quizá sea yo el único que ha visto dos novelas en Taxi, como un viaje de ida y vuelta, donde disfrutamos del recorrido fijándonos en los detalles al ir para volver apresuradamente, intentando llegar a algún lugar al que, definitivamente, llegamos tarde; si acaso a la vida.

Se pierde la trama en ciertas ocasiones en esa deriva que tiene y mantiene las noches de las personas que huyen de la vida y se esconden en bares y garitos de mala reputación y peor iluminación para tomarse la última sabiendo que nunca lo es. En esas partes vamos descubriendo a Jesús, un secundario impactante y descerebrado con el que nos cuesta empatizar y que ayudará a Sandino a resolver el entuerto en que se han metido su mejor amiga y él mismo al tratar de estar a su lado.

A partir de ese momento arranca la caña, el autor baja al barro, a los bajos fondos, a esa parte marginal y animal de los seres humanos y las ciudades que tan bien sabe reflejar Zanón en negro sobre blanco para dejar claro que, por más que estemos en el sofá de nuestra confortable casa, no debemos olvidar nunca que la vida mancha con esa suciedad tan rutinaria y cercana que luego no hay quien la saque de la camisa.

En definitiva, una novela a la altura de la carrera del autor, que no defrauda y sabe terminar en alto, dejando la sensación de que podíamos haber disfrutado más al principio, cuando no sabíamos que irremediablemente se iba a terminar. Un poco como pasa con la vida.

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