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Ignorancia, por Fernando Sanabria

Autor: Fernando Sanabria
Nota biográfica del autor:
Fernando Sanabria (Algeciras, 22 de octubre de 1993) ha realizado estudios en el grado Lengua y literatura españolas en la Universidad de Murcia. En la actualidad, reside en Madrid, donde cursa Literatura general y comparada.

 

Ignorancia

Tú no sabes nada.
Estás sentado en la cómoda del salón mirando por el ventanal que da a la calle. Al frente, la tienda de alimentación y el cartel de los helados, aunque a ti te parece que es demasiado pronto para eso en este tiempo en el que todavía el frío va y viene. Pasa una bicicleta de las que reparten comida a domicilio con música hip-hop, unos chicos se arremolinan bajo la ventana de una joven en el piso de delante. Es de noche, así que no puedes evitar pensar en la escena del balcón de Romeo y Julieta. De la tienda, sale la mujer de la familia y se sienta en el bordillo que hay a la entrada. Son chinos. Unos de los tantos que han emigrado desde su país y han importado sus sopas, fideos, ojos rasgados, sonrisas enigmáticas y sentimientos cohibidos.
Pero tú no sabes nada.
Te limitas a observar, a pintar lo que ocurre en tu lienzo. Te encanta admirar la vida y en especial los colores y la luz. La semana en que llegaste al piso te despertaste todos los días a primera hora para descubrir qué efecto tenía la incidencia de los rayos del sol en las tonalidades de las hojas de los árboles, en la acera grisácea y dura, en los rojos y azules metalizados de los coches, en el portón del piso que queda al otro lado, en la tienda de alimentación. Fue entonces que la viste por primera vez. Ella en bata y con ojeras, el pelo liso hecho un buruño y la mirada perdida a lo lejos. Ella y su enigma.
Te encanta ese frontal de vuestro apartamento que da al exterior. Hace unos meses que te mudaste con tres chicos más. Ellos pasan mucho tiempo afuera entre clases, academia y algunos curro. A ti te pasa lo contrario: la facultad de bellas arte no entrega aulas a los alumnos para que pueden trabajar de manera autónoma cuando no están en horario de clase, así que te ves obligado a pintar y modelar en casa. A decir verdad, te encanta la intimidad con la que creas en el salón y en tu cuarto, aunque delante de tus compañeros te quejas y dices que te parece injusto porque, de hecho, te lo parece, a pesar de que no cambiarías por nada ese estudio improvisado que te da acceso a un fragmento recortado de la realidad en el que abarcas al aproximarte unos diez metros y en el que si giras la cabeza a la derecha puedes ver calle arriba y si a la izquierda eres capaz de mirar hasta a la arbolada, allá a lo lejos, donde la carretera se encuentra con el parque más cercano. Los pájaros que van a posarse en los árboles que están junto al edificio en el que vives, el bullicio lejano de los bares del barrio .
Te gusta cuidarte. Es por eso que acudes a los pequeños comercios y evitas las tiendas de golosinas como la de los chinos de ahí cerca, sin embargo, son los primeros en abrir a las mañanas y en especial cuando llega el finde acabas por ir para comprar pan, ya que tienes la despensa vacía. Vuestro primer encuentro tuvo lugar el domingo de la semana en que llegaste. Qué caos. Entre las maletas, las cajas, la zona nueva, la ciudad que no conocías, los compañeros que apenas estaban y por tanto no te podían dar una ayuda, el acostumbrarte al cuarto y a la zona a la que acababas de llegar, en esa situación no encontrabas ni la bufanda. Fue la mañana de ese día en que te acercaste a comprar para el desayuno y la viste acunando en sus brazos con mirada soñolienta a su hijo de cabeza redonda y cuatro pelos aldedor de la coronilla peinados de tal manera que se estiraran hasta tapar la frente enorme. El bebé tenía en la mano -y en la boca, lleno de babas- el mismo juguete que sostiene ella mientras la miras desde la ventana. Se trata de uno de esos cacharros con alas que puedes firar muy rapido hasta tal punto de que logran volar si los sueltas en el momento precioso. Ella lo gira y lo gira, pero no logra ponerlo en órbita.
Pero tú no sabes nada.
En las reuniones familiares se hablan de temas importantes: de la banca, la política, las noticias internacionales y los sucesos que los periódicos estampan en sus portadas, y tú en cambio siempre distraído con la cabeza en otra parte, acercándote a las lavandas a oler su aroma, distrayéndote con tu prima la enana que no veas cómo crece, ayudando a recoger los platos cuando alguien se levanta a preparar café, en fin, distraído, como si el entorno que te rodea y la realidad fueran una lluvia fina y tú llevaras puesto siempre un impermebale. Tu cuñado y tu padre te aconsejan que debes cambiar de actitud, que no se puede ir así adormilado, que la suerte no dura para siempre y a ver si entras en razón y te dejas de hacerte el bohemio, que a ver si aprendes en qué consiste la vida que, de hecho, si al final es verdad que te acabas dedicando a eso y no es acaso una rebeldía pasajera más te vadría saber un poquito de qué va el cotarro porque no tienes ni idea y te la vas a pegar. Tú cabeceas que sí y sostienes la mirada a uno a otro, que no encuentran la disputa que quisieran y acaban por darse la razón entre sí. Tu padre te recuerda lo buenos que eras en matemáticas.
Y tú te callas. Total a ti que te importa. Mejor de esa forma, que todos piensen que no te enteras de nada. Pero Wen y su hijo.
El juguete ha hecho una cabriola en el aire, un despegue exitoso al que le ha faltado el impulso para sostenerse más tiempo en el aire. La mujer apoya una mano en el escalón para coger el impulso que necesita para levantarse. Luego se ayuda en la pared. La mano libre la lleva al abdomen.
No solo la has visto a las mañanas. Aunque a decir verdad, es su marido quien ha empezado a ocupar su turno aunque tú no tengas ni diea de los motivo y está claro que no sepas que la puerta que al final del pasillo del establecimiento dé a un recibidor y este a una escalera después de la cual está la puerta de entrada de su vivienda, cebajo de cuyo felpudo se encuentra la llave de la cerradura. Ni se te ocurre la posibilidad de entrar porque ni te imaginas que la puerta de la tienda que da a la calle está atrancada, pero no cerrada, y que cede empujándola un poco para arriba. Por supuesto que no tienes ni idea de que Wen y su marido duermen en habitaciones separadas ni de que la mayoría de las noches él acabe en el sofá dormido con la tele mientras mece la cuna donde está su hijo hasta que acaban por caer rendidos mientras que ella padece insomnio y quizá te espere al otro lado de la puerta que cuidado que chirría no la abras demasiado, y quítate los zapatos que en contacto con el suelo hacen ruido, y los dos cuerpos en la madrugada, y el ir a tientas en la oscuridad, y los suspiros, y el pelo lacio que no sabes que te gusta agarrar, y su cuerpo blando por los años que no sabes que te gusta morder, y la inevitabilidad con la que se despierta después de que haya caído rendida al hacer el amor y que su corazón palpite muy rápido porque está en un lugar que no conoce, con una familia que le es ajena, con una promesa de amor rota, al lado de un cuerpo que no es el de la persona a la que prometió fidelidad, con un murmullo creciente como manifestación del miedo que le da volverse a su país.
Ahora, de pie, gira por última vez las alas del artefacto. ¿Se mantendrá en el aire?
Este será tu último curso. Cuando termine, te irás a otra parte y seguirás sin saber nada.
Ha habido tantas ciudades.

 

Imagen: Tony Prats (Todos los Creative Commons)

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