eñe. Revista para leer

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Título que revela muy poco: pronto revelará más, por Marcos Pico Rentería

—Se admirará el virtuoso in medias res. —Perderá valor el diálogo secundario —comentará otro narrador. —El canto ya no será poesía, sino serán medidas para vender libros. —Lo sublime seguirá siendo vigente —será culpa del narrador. El primer interés es distraer al lector. Se sabe que es un lector sagaz, un lector de lectores. Se comenzará por dialogar con ella (a veces con él) con el fin de aceptar la

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La suerte del donnadie, por José Andrés Ardila

El descubrimiento de la obra de Syzer fue más o menos algo milagroso, el resultado de una serie de casualidades que bien pudo haber servido de argumento para uno de sus relatos. Llegué a Washington con una maleta con ropa y otra repleta de los libros que no fui capaz de dejar en Colombia. La universidad me había asignado una residencia para compartir con dos extranjeros más. Todo hacía parte

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Desertores de la claridad, por Yairen Jerez Columbié

La claridad pasa del cielo al cristal de tu ventana, a tus papeles, a los ojos claros. No es virtud del texto ni cualidad de reflejar colores del iris. No es la luz bienvenida. La claridad es la emanación oportunista que te arruga la frente y que en mi tierra siempre se desborda. —Cierra la ventana, que entra demasiada claridad. —¡Tremenda claridad! —¿Te molesta la claridad? En las casas de

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No la molestes, por Isabel Garrido

Me gusta cuando lee porque se le fugan las sonrisas y se le evapora el alma en forma de lágrimas. Marchan directas a las páginas que las vieron nacer, y flotan a la deriva entre renglones y espacios. Me gustan las islas que se forman entre capítulos, cuando suspira deseando saber qué más puede ocurrir en esa historia que tiene entre manos y pasa la página sin poder detenerse un

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Pâtisserie, por Luis Miguel Morales Peinado

Planté el pie derecho sobre la acera. Por casualidad, no por un instante de superstición. Después, el izquierdo. El cuerpo aún permanecía en el interior y comprendí que no era una postura cómoda; aparte, si en ese momento alguien se fijase en mí se podría llevar un buen susto, o quizá no, eran horas en las que si pasaba algún transeúnte lo más normal es que no reparase en esas

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El tiempo de las leyendas, de José Urbano Hortelano Platero

El tiempo de las leyendas Era el tiempo en el que el vino y el aceite se guardaban con el oro y el bronce en la misma despensa. Era el tiempo de los aventureros, de los maridos traicionados, de las sirenas acechantes de las diosas enamoradas. Era el tiempo en el que los hombres se escondían cuando la ira acechaba por no tomar decisiones inadecuadas. Cuando las mañanas lucían dedos

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Naked girls reading, por Jorge Ortiz Robla

Ella leía desnuda, así su pecho blanco reflejaba la pureza del papel. A veces una “o”, cursiva, se escurría entre sus piernas. [La palabra es caprichosa y la sílaba, un instante de temblor, una bravata] Otras, en cambio, su cuerpo amanecía tintado con el sueño indescifrable tatuado al cuerpo. Entonces recogía de entre las sábanas el libro blanco y comenzaba a acariciarse con sus páginas la piel y los signos

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Ruinas, por Raquel Moraleja San José

(Ruinas, de Raquel Moraleja San José, es el relato ganador que se lleva una suscripción anual a Eñe. Revista para leer. Recuerda que queremos que la revista impresa viva en la revista digital, así que os propusimos que Eñe continuara en tu escritura. Te animamos a enviarnos tus poemas o relatos sobre Leed, leed, malditos, el número 41 de Eñe. Puedes enviárnoslos mediante el formulario que hemos habilitado, y consultar

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Escribes: premiamos tus textos

El número 41 de Eñe. Revista para leer se llama Leed, leed, malditos. A los escritores que colaboran en él con sus relatos y poemas les planteamos un reto: que al leerlo se despierten, aún más, las ganas de leer. Pero queremos que la revista impresa viva en la revista digital, así que ahora te proponemos a ti que Eñe continúe en tu escritura. Esperamos tus escritos —no importa el

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Momentos íntimos, por Rosa Lozano Durán

Yo le hablaba sin parar: de mis amigos, de cómo había sido la merienda con mis primos en la casa de mi abuela, de eso tan divertido que había pasado en los dibujos animados de la tarde. Era incansable. Siempre le estaba contando cosas, o preguntando, o pensando en voz alta con ella y, si estaba callada, sólo podía ser por tres motivos: o tenía la boca llena, o leía

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