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Ejemplar 177, por Eva Martínez

(Ejemplar 177, de Eva Martínez, es el relato ganador que se lleva una suscripción anual a Eñe. Revista para leer. Recuerda que queremos que la revista impresa viva en la revista digital, así que os propusimos que Eñe continuara en tu escritura. Te animamos a enviarnos tus poemas o relatos sobre Basado en hechos reales, el número 42 de Eñe. Puedes enviárnoslos mediante el formulario que hemos habilitado, y consultar

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Ejemplar 177, por Eva Martínez

Ejemplar 177 sabe que su momento está cerca. El peso ha disminuido con rapidez en las últimas semanas y 176 le estropea un poco la portada cada vez que intenta estirar la suya para venderse. El grupo siente cierta lástima por 173, el ejemplar que todos cogen y manosean pero que nadie escoge. El primero de la fila que acabará en una caja de cartón en el almacén, rodeado de

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Un paseo por el cable, de Rafael López Vilas

Para un escritor, escribir desde el cuello del abismo resulta casi, y desde un punto de vista estético, como el paseo entre las dos flamantes torres del World Trade Center que dio Philippe Petit en 1974 en la ciudad de Nueva York. Emocionante. Inequívocamente peligroso. Quizá, poco recomendable. Sin embargo, no puede, por más que se quiera negar, decirse que este acto de temeridad, no tiene para el lector o

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De milagros, libros y metáforas, por Silvia Gabriela Vázquez

Muchos años después, frente a los anaqueles de la Feria del Libro, la niña que he sido —y la que soy todavía cuando nadie me ve— había de recordar aquella tarde remota en que mi padre me llevó a conocer su biblioteca en el altillo. Todos los tomos tenían un nombre ,que yo señalaba con el dedo para que fuera él quien los leyera. Ayudaba mamá, con la voz orgullosa

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Título que revela muy poco: pronto revelará más, por Marcos Pico Rentería

—Se admirará el virtuoso in medias res. —Perderá valor el diálogo secundario —comentará otro narrador. —El canto ya no será poesía, sino serán medidas para vender libros. —Lo sublime seguirá siendo vigente —será culpa del narrador. El primer interés es distraer al lector. Se sabe que es un lector sagaz, un lector de lectores. Se comenzará por dialogar con ella (a veces con él) con el fin de aceptar la

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La suerte del donnadie, por José Andrés Ardila

El descubrimiento de la obra de Syzer fue más o menos algo milagroso, el resultado de una serie de casualidades que bien pudo haber servido de argumento para uno de sus relatos. Llegué a Washington con una maleta con ropa y otra repleta de los libros que no fui capaz de dejar en Colombia. La universidad me había asignado una residencia para compartir con dos extranjeros más. Todo hacía parte

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Desertores de la claridad, por Yairen Jerez Columbié

La claridad pasa del cielo al cristal de tu ventana, a tus papeles, a los ojos claros. No es virtud del texto ni cualidad de reflejar colores del iris. No es la luz bienvenida. La claridad es la emanación oportunista que te arruga la frente y que en mi tierra siempre se desborda. —Cierra la ventana, que entra demasiada claridad. —¡Tremenda claridad! —¿Te molesta la claridad? En las casas de

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No la molestes, por Isabel Garrido

Me gusta cuando lee porque se le fugan las sonrisas y se le evapora el alma en forma de lágrimas. Marchan directas a las páginas que las vieron nacer, y flotan a la deriva entre renglones y espacios. Me gustan las islas que se forman entre capítulos, cuando suspira deseando saber qué más puede ocurrir en esa historia que tiene entre manos y pasa la página sin poder detenerse un

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Pâtisserie, por Luis Miguel Morales Peinado

Planté el pie derecho sobre la acera. Por casualidad, no por un instante de superstición. Después, el izquierdo. El cuerpo aún permanecía en el interior y comprendí que no era una postura cómoda; aparte, si en ese momento alguien se fijase en mí se podría llevar un buen susto, o quizá no, eran horas en las que si pasaba algún transeúnte lo más normal es que no reparase en esas

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El tiempo de las leyendas, de José Urbano Hortelano Platero

El tiempo de las leyendas Era el tiempo en el que el vino y el aceite se guardaban con el oro y el bronce en la misma despensa. Era el tiempo de los aventureros, de los maridos traicionados, de las sirenas acechantes de las diosas enamoradas. Era el tiempo en el que los hombres se escondían cuando la ira acechaba por no tomar decisiones inadecuadas. Cuando las mañanas lucían dedos

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